La historia se teje como el monte, se entrecruza y crece como las ramas de los árboles, como los arbustos y las plantas de la selva, en el entramado del tiempo se cruzan las culturas y sus raíces, en un sin fin de formas y situaciones, las comunidades y las ciudades son verdaderos hormigueros, las capas de tiempos pasados son como la hojarasca, van quedando como el suelo que pisan las nuevas generaciones, nutriendo el presente pero también ocultando, enterrado en lo profundo, el pasado. Tanto hay, tan unido, tan entretejido, la historia está llena de todo, es la vida misma, en ella se palpa, se huele, se mira, se encuentra el tesoro de la vida, el fruto del universo, fruto del corazón del cielo y el corazón de la Tierra. Pero caminar y conocer este monte de la historia es difícil, irónicamente en este entramado tupido de la vida, está entretejida también la muerte, el monte es fiero, tiene espinas, abismos, criaturas peligrosas, lugares oscuros, muchas veces no hay hueco ni para pasar, cada tanto se cierra, se tupe tanto que la luz difícilmente llega a quien va caminado, difícilmente se pueden ver el sol y las estrellas para orientarse, por eso es fácil perderse.

Y por eso, ya hace muchos años, tanto tiempo que no sabemos bien cuanto, las ancestras y ancestros que empezaron a caminar este monte de la historia fueron abriendo con sus pasos un camino, abrieron los senderos necesarios para poder transitarla, para poder orientarse e ir paso a paso caminándola, atravesando sus parajes, recuperando ese tesoro protegido por el crecer libre y caótico de la vida y la muerte, y poder encontrar el hilo que nos une con lo profundo de la tierra y con el corazón del universo. En este camino, que en lengua maya se nombra sac-be, nos dejaron herramientas para transitar la vida, para caminar la historia, y las generaciones que han traído el mundo hasta el presente han ido cosechando esos saberes, pero también han ido colocando los suyos, las flores y frutos que les han ido naciendo y que han ido sembrando. Quienes han pasado por ahí han ido dejando mojoneras, piedras apiladas que son huellas de su paso y señales para quien camina, para quien las respeta y sabe leerlas, y que permiten conectarse con la cadena de caminantes que ya hace tanto tiempo que camina.

Y así, caminando el camino de las señales de nuestras ancestras y ancestros, cosechando esa experiencia llegamos a este encuentro de educación popular, somos diversas, de orígenes diversos, de lugares diversos, unidos sin embargo por los caminos del monte de este territorio maya, que nos cobija con sus milenios de sabiduría acumulada, guardada ahí en los símbolos de los caminos, pero también en los rostros y en las manos, en las palabras y las tradiciones, todo ello es el sac-be que nos trajo a encontrarnos aquí, en esta mojonera que guarda el tesoro de la tradición de la Educación Popular.

Han sido días de mucho compartir, nos hemos mirado, nos hemos escuchado, nos hemos sentido y nos hemos abrazado. A pesar de la distancia que en estos tiempos es necesario guardar para cuidarnos, hemos sabido tocarnos y parece que vamos tejiendo un camino de encuentro, tal vez vamos encontrando el sac-be para el encuentro de nuestros territorios y nuestros caminares.

Nuestro primer abrazo fue el compartir como vivimos estos últimos meses de aislamiento. Fueron tiempos difíciles, pero al reflejarnos también vimos que fueron tiempos de profundo aprendizaje. Al principio teníamos mucho miedo, pero en el camino fuimos aprendiendo a cuidarnos y eso ha sido una luz de esperanza, este tiempo nos vino a hacer revalorar y buscar el conocimiento y los saberes para curarnos con hierbas medicinales y recordar la gran importancia de la comunidad. Nos volvimos como alquimistas, fuimos recuperando el poder de hacernos cargo de lo que necesitamos para curarnos, cultivamos caminos para cuidar nuestra salud. Reconocimos la importancia de dejarse fluir, asumir que somos finitos, que nuestro paso es concreto en esta vida, pero que aunque dejemos de estar corporalmente, permaneceremos como las piedras del camino para quienes vienen tras de nosotras. Subrayamos la importancia de darnos chance de sentirnos, de llorar, de compartirnos, de saber que importamos y cuidarnos. Nos recordamos que en la selva se sabe que el huracán purifica, pertenece a un ciclo que trae vida diferente y nueva, el cambio es renovación y la muerte, parte de la vida.

Desde ahí nos llamamos a fluir en estos tiempos de cambio, abrazando lo heredado para sortear los retos en estos nuevos tiempos, nos llamamos a tener confianza de que lo que pase es lo que tiene que ser y nos lleva a aprender, nos llamamos a que a pesar de la incertidumbre, tengamos confianza en la sabiduría de la naturaleza y en los pueblos. Compartimos la profunda necesidad de revisar nuestras oscuridades, nuestras sombras personales y colectivas, reconocimos que la sombra también es maestra, de a poquito le voy entrando a lo oscurito, dijimos. Entendimos que la luz florece cuando se integra la fuerza individual y colectiva, y que el ser cuidadora en este momento de crisis, es fundamental, y que también es fundamental que los hombres aprendamos a cuidar más y dejar de querer dominar. La experiencia nos dijo que el aislamiento no lo queremos, queremos estar juntas para cuidar nuestra salud, reafirmamos que nosotros y nosotras somos nuestra medicina. En el compartir nos dimos cuenta que nos hemos preocupado tanto por cambiar las grandes estructuras, que nos hemos olvidado de lo pequeño, y entendimos que lo cierto es que lo pequeño sostiene a lo grande y que son esos diminutos milagros que suceden todo el tiempo los que realmente sostienen la vida, por ello concordamos en la importancia de cultivar una pedagogía que interpela lo pequeño, para luego cuestionar y transformar lo grande.

Después de este primer abrazo colectivo fuimos a verle la cara al monstruo de mil cabezas, lo fuimos a confrontar compartiendo nuestra mirada colectiva, le vimos hasta el rabo desde nuestras diversas geografías, le observamos desde las altas montañas, hasta las planicies de selvas y las brisas de los mares, vimos como su gran cuerpo tiene tentáculos de pulpo que se despliegan en los bosques, en forma de carreteras y trenes, pero que también se meten en las asambleas de las comunidades con argumentos ecologistas y de organización, el verlo así desde todos nuestros ojos nos ayudo a quitarle sus disfraces, a ver mejor que es un maestro del engaño, que quiere reconfigurar profundamente nuestros territorios, nos permitió ir comprendiendo sus trucos e ir tumbado la fachada de su publicidad que intenta convencernos de que nos conviene vender a nuestra madre, que debemos sacrificar el legado de nuestras ancestras y ancestros y entregar las generaciones presentes y futuras al proyecto de cultivo del dinero y de la muerte y no del amor y de la vida como nos enseñaron nuestras abuelas y abuelos. Con la fuerza del sentipensamiento colectivo desmontamos sus máscaras brillantes de capitalismo, colonialismo y patriarcado y levantamos los plieges de sus carnes donde esconde sus oscuras intenciones.

Entendimos que esta lucha se ha dado también en el territorio del pensamiento, comprendimos que se nos han metido hasta en los sueños y que tenemos que hacer rupturas en los imaginarios, para que podamos transformar también lo que hacemos con nuestras manos. Vimos con claridad que vivimos una disputa entre dos formas de existir, una basada en la vida y otra en la muerte, una basada en lo colectivo, en lo comunitario y otra basada en la dominación y el egoismo. Entendimos que es fundamental construir un poder basado en lo colectivo donde la vida se ponga en el centro, donde se le reconozca el poder a las mujeres, que han sido las cuidadoras ancestrales.

Sin embargo, comprendimos que la lucha no sólo es contra ese monstruo que está afuera, también es hacia lo interno, es momento de asincerarnos hacia adentro de nuestras organizaciones y visibilizar que existen ejercicios desiguales del poder entre hombres y mujeres, entre jóvenes y adultos, y que esas son prácticas que reproducen la lógica de la muerte. Que la lucha sea importante no justifica hacer como que no vemos la violencia dentro de las organizaciones, supimos que eso es fundamental para transformar nuestra práctica y destruir esta realidad machista que se disfraza con velos de atender las urgencias. Hay que cuestionarlo todo, no podemos seguir cargando verdades absolutas, hay que desmontarlas y ser capaces de imaginar que todas las relaciones más normalizadas se pueden fracturar, para no legitimar las opresiones que hemos vivido y que hemos pensado hasta ahora que pertenecen a la vida cotidiana.

Pero después de mirar al monstruo nos miramos entre nosotras y nosotros y pudimos reconocer que ahí, en el reflejo de nuestros ojos, en el resonar conjunto de nuestros corazones, en el compartir nuestras historias, en el entrelazar nuestras manos, se encuentra la esperanza. Pudimos ir a visitar nuestras prácticas y encontrar los caminos que cada una de las organizaciones vamos caminando. Compartimos las luchas que hacemos, las prácticas, las estrategias pedagógicas, las perspectivas políticas y los artilugios que utilizamos para cultivar el camino del aprendizaje colectivo. En ese camino nos reconocimos en el espejo que nos va abriendo cada vez más hacia una educación liberadora. Con sorpresa pero también con gusto encontramos varias coincidencias que nos sirvieron para reafirmar que vamos por el camino correcto, coincidimos en que los procesos de aprendizaje los cultivamos con personas de varias edades y reconocimos la profunda importancia de los procesos intergeneracionales. También encontramos que casi todas las organizaciones trabajamos el uso de las plantas medicinales y otros saberes tradicionales. Nos reconocimos en el trabajo mediante círculos de reflexión horizontales y en la importancia poner en el centro el uso del cuerpo para los procesos de aprendizaje. Encontramos la coincidencia de que todas trabajamos en territorios de pueblos originarios y que por eso la educación que reproducimos es permanentemente un acto de resistencia y liberación. Compartimos la rabia de sentir la injusticia, en especial compartimos la impotencia ante los feminicidios y tantas violencias que viven las mujeres en los diversos territorios. Pero como alquimistas, transmutamos esa rabia que nos impulsa y la transformamos en energía para seguir trabajando. Sin embargo entendimos también que para poder seguir luchando es necesario cuidarnos, sanar nuestros corazones y cultivar la alegría. Todo eso le da sentido a la educación que sembramos. Coincidimos también en que hay que sacar a la pedagogía de la universidad y ponerla en la vida cotidiana, reconocimos la fundamental importancia de ser críticos, entendiendo que criticar no quiere decir juzgar, sino que implica una mirada amorosa´que interpela para seguir construyendo nuestros sueños. Esta mirada autocrítica nos permitirá ir reconociendo nuestros errores e ir viendo donde nuestras practicas reproducen los vicios de la dominación, el machismo y el colonialismo.

En este compartir nos fortalecimos, agradecimos la fuerza que tenemos como compañeres y nos reconocimos en la otra y en el otro, cada vez se hizo más claro que el sostén es la red de cuidado, procurando que las y los demás estén bien, que nadie se desmaye, que nadie esté solo, con ello reforzamos la certeza de que en estos tiempos críticos necesitamos construir refugios, pero también saber pedir ayuda, enredarnos con otras, con otros, cuidarnos y procurar el constante retorno al refugio permanente donde está la sabiduría de la abuela. Ahí encontramos nuestro poder, la pedagogía de la esperanza y liberación que vamos tejiendo no puede estar exenta del poder, no hay que tenerle miedo, porque el nuestro no es el poder de la muerte y la destrucción, sino el del cuidado y el cultivo de la vida, con este poder continuaremos sembrando, continuaremos tejiendo desde nuestros territorios, transitando los caminos de nuestras ancestras y ancestros, recogiendo sus señales, sus semillas pero también dejando las nuestras, aunque no queramos somos semilla para otres, somos guía, hay que hacerlo con mucha responsabilidad, continuando el camino, caminando este sac-be de liberación y con pasos firmes y colectivos entrar a lo profundo de la Tierra, pero también mirar al cielo con esperanza, con valentía y con amor.