Entre septiembre de 2025 y febrero de 2026 llevamos a cabo el proyecto “Fortalecer el ejercicio del derecho al arraigo de indígenas migrantes de Chiapas, mediante su formación participativa para la formulación de alternativas de vida comunitaria social, económica y ambientalmente sustentables”, con el apoyo del Fondo Canadá para Iniciativas Locales. Este proceso nació con el propósito de acompañar a mujeres y juventudes indígenas vinculadas a procesos migratorios, fortaleciendo sus capacidades para reflexionar sobre sus territorios y compartiendo saberes para la construcción del Arraigo Digno, el Buen Migrar y el Buen Vivir en sus comunidades.

Durante estos meses impulsamos espacios formativos, encuentros comunitarios e intercambios entre colectivos. Fueron centrales dos procesos educativos: la Escuela de Arraigo Digno para el Buen Vivir y la IV Generación de la Escuela de Mujeres Indígenas Migrantes Sjamel jol ko´ontontik li antosike-Abriendo el corazón y mente de nosotras las mujeres.
De la Escuela de Arraigo Digno surgieron 23 Planes de Arraigo, impulsados por juventudes que, a partir de diagnósticos realizados por ellas y ellos mismos en sus comunidades, imaginaron y pusieron en marcha acciones para fortalecer el derecho a arraigarse dignamente, partiendo de preguntas como: ¿qué nos permite arraigarnos a este territorio? ¿qué queremos seguir defendiendo aquí? De estas iniciativas florecieron creatividad, pasión y ternura, expresadas en proyectos que convocaron a mujeres y hombres, adultas mayores, niñeces y juventudes. Las acciones fueron desarrolladas en 38 localidades de diversas regiones de Chiapas, incluyendo comunidades tsotsiles, tseltales y choles.

Las iniciativas fueron tan diversas como los territorios que las vieron nacer: sensoramas, cajas de sonrisas, exploración de aves, talleres de artesanías con niñeces, festivales de lengua y cultura, encuentros deportivos y gastronómicos, cajas de ahorro comunitarias, ludotecas, iniciativas de agroecología y espacios para compartir y rescatar saberes tradicionales, entre muchas otras. Cada una de estas propuestas fue una pequeña semilla sembrada por las juventudes para cuidar la vida y fortalecer el arraigo.
También se fortalecieron herramientas narrativas y creativas —fotografía, video, radio y cuento— que permitieron a las juventudes contar sus historias, reflexionar sobre su territorio y compartir sus visiones de presente y futuro.

La Escuela de Mujeres, en su cuarta generación, continúa siendo un semillero de esperanza: un espacio de formación, reflexión y encuentro donde compañeras de distintos territorios de Chiapas se reúnen para escucharse, reconocerse y caminar juntas. A lo largo de este proceso hemos reflexionado sobre nuestros territorios, las violencias y opresiones estructurales, las violencias hacia las mujeres y los cuidados colectivos, el cuerpo, la sexualidad y el disfrute de la vida, la economía solidaria, el autocuidado y los caminos de sanación. De este camino compartido está brotando la campaña “Lo que tejemos juntas”, una iniciativa que busca visibilizar las voces, las problemáticas, las demandas y también los aprendizajes y vínculos que las mujeres han ido construyendo a lo largo del proceso.
Al mismo tiempo, las compañeras han comenzado a participar en otros espacios formativos y de encuentro con organizaciones, redes y colectivas, fortaleciendo su autonomía en procesos de defensa de los derechos humanos y de los territorios. En febrero tuvimos la oportunidad de visitar a la Colectiva K-luumil X´ko’olelo’ob en Bacalar, Quintana Roo. Ese intercambio fue un momento muy especial: de él florecieron nuevas ideas, afectos y aprendizajes, y reafirmamos la importancia de honrar nuestros caminos de lucha y sostenernos a través de los cuidados colectivos.

Entre los aprendizajes más significativos de este proyecto confirmamos que cuando las juventudes encuentran confianza y herramientas, su creatividad y su compromiso florecen con fuerza. Recordamos también que caminar los territorios fortalece la manera de acompañar, porque es en el encuentro cercano donde se comprenden mejor las historias, los desafíos y las esperanzas de las comunidades. El arte y las narrativas creativas se siguen revelando como semillas potentes, capaces de abrir espacios para reflexionar, expresar lo que vivimos y sembrar nuevas formas de incidencia. Reafirmamos también que los procesos comunitarios se sostienen con escucha, flexibilidad y redes solidarias, aquellas que nacen de la energía de lo colectivo y que hacen posible que las iniciativas sigan creciendo desde las propias comunidades.
Al mirar el camino recorrido lo hacemos con ternura. Nos queda la certeza de que sembrar procesos colectivos sí transforma. En medio de un contexto que muchas veces duele, seguimos apostando por ensanchar la esperanza, para que la dignidad florezca y siga nutriendo los territorios que habitamos.